Art. 24 - EL DERECHO AL DESCANSO

la ley Toda persona tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitaci�n razonable de la duraci�n del trabajo y a vacaciones peri�dicas pagadas

Este art�culo representa un complemento necesario del art�culo 23 y constituye un elemento indispensable para reforzarlo y aclararlo.
La previsi�n de un periodo de descanso, y de distracci�n como derecho irrenunciable para toda persona que trabaje se convierte en la "Declaraci�n Universal de los Derechos Humanos", en un elemento de gran valoraci�n del individuo, que ya no puede ser considerado como un mero factor de producci�n, sino revalorizado como persona humana en su integridad.
El trabajo es un instrumento, a trav�s del cual la persona, adem�s de garantizar para s� y para su familia los medios de subsistencia necesarios, expresa la propia personalidad y le ofrece la oportunidad de un crecimiento personal adem�s de profesional. Si el trabajo tuviera modalidades y formas deshumanizadas, que no permiten a la persona recuperar los energ�as gastadas, ni cultivar los propios afectos e intereses disminuir�a su funcion de "instrumento de promoci�n".
El derecho al descanso y a la distracci�n, por lo tanto, est�n estrechamente ligados al derecho a una razonable limitaci�n de las horas de trabajo.

En la historia

En el mundo romano el concepto de tiempo libre se defin�a con la palabra "otium", que tiene un significado muy distinto del t�rmino moderno. El "otium" indicaba un momento libre para poderse dedicar a actividades de diversi�n e intereses personales, dejando los afanes de la pol�tica. Como nos recuerda Cicer�n, jugando con la terminolog�a, el "otium" es lo opuesto al "negotium".
Sin embargo, hay que recordar que si a nivel terminol�gico y filos�fico los latinos hab�an dado una definici�n del tiempo libre, �ste era un lujo que pod�an concederse las clases altas, mientras que para el sencillo artesano o el dependiente estatal no hab�a previsto ninguna tutela en este sentido. Solamente quien administraba una actividad ocupacional propia, como los cargos pol�ticos, que en el mundo cl�sico todos eran autoadministrados y autofinanciados, pod�a distribuir su tiempo entre asuntos y distracciones; no hay que olvidar que en el mundo cl�sico la esclavitud era una actividad productiva normal.
La diferenciaci�n entre trabajador aut�nomo y dependiente se mantiene tanto en la �poca medieval como en la moderna. De hecho si el artesano de la edad medieval consigue equilibrar su tiempo entre "ars" y actividades recreativas, el funcionario de los grandes estados mon�rquicos est� completamente absorbido por su actividad burocr�tica, de tal forma que dedica completamente su vida y su trabajo al soberano.
En el siglo XIX al obrero se consideraba como un factor de la producci�n y lo �nico que importaba era su fuerza-trabajo. El dador de trabajo no ten�a en cuenta en absoluto el problema de la distracci�n o de las vacaciones del trabajador, porque no era hipotecable que el obrero dedicase tiempo y energ�as a una actividad in�til para la f�brica. El obrero trabajaba hasta 13 � 15 horas al d�a y el descanso nocturno le permit�a apenas recuperar las fuerzas para trabajar. Adem�s con el miserable salario que percib�a, el obrero pod�a permitirse solamente una escasa comida al d�a y no ten�a la posibilidad de interrumpir el trabajo para distraerse ni irse de vacaciones.
No solamente no estaban previstos ni d�as de descanso ni vacaciones, sino que en caso de enfermedad el obrero, obligado a interrumpir el trabajo, ten�a que ser sustituido a su cargo, bajo pena de despido inmediato. La reglamentaci�n de la jornada laboral constituy� la primera conquista de la clase obrera. La primera ley en esta materia se adopt� en 1832 en Inglaterra. Esta ley fij� en diez horas la jornada laboral para los j�venes por debajo de los diez a�os. La ley siguiente de 1844, redujo a seis horas y media la jornada laboral de los ni�os y fij� en doce horas la jornada laboral para las mujeres y nos j�venes. Algunos a�os m�s tarde, en 1847, una nueva ley extendi� para todos los trabajadores adultos, hombres y mujeres, la jornada laboral de diez horas.
Para el reconocimiento del descanso y sobre todo de las vacaciones retribuidas, hubo que esperar a la evoluci�n gradual de la legislaci�n social, que tuvo un notable desarrollo a principios del nuevo siglo.

Hoy

La disciplina que regula las prestaciones de trabajo (horario de trabajo, descanso, vacaciones anuales) se impone la exigencia de tutelar al trabajador.
Hist�ricamente es en este sector donde se registran las primeras intervenciones legislativas, dirigidas a la tutela de la integridad f�sica y moral del trabajador, precisamente porque en la base de la disciplina que estamos examinando est� la exigencia de tutelar un bien de gran valor como es el de la salud psicol�gica de la persona.
Esta enunciaci�n est� en estrecha conexi�n con el art�culo 4 de la "Declaraci�n Universal de los Derechos Humanos" que prohibe expresamente toda forma de esclavitud o servidumbre. Una lectura comparada de los dos art�culos adquiere un relieve emblem�tico con el fin de establecer reglas universalmente aceptadas y respetadas en materia de trabajo.
Los Estados que suscriben la "Declaraci�n Universal de los Derechos Humanos" se comprometen a impedir que los trabajadores tengan un horario de trabajo superior a un l�mite m�ximo de horas semanales, establecidas por ley y que aseguran un per�odo de vacaciones peri�dicas retribuidas que permita un justo descanso y diversi�n.
Este art�culo se dirige a la calidad del trabajo, pero sobre todo a la calidad de vida del trabajador, para evitar lo que hist�ricamente ha constitu�do la explotaci�n de los trabajadores e inmigrantes, menores de edad y ancianos y que actualmente, por desgracia, en algunos casos de no adhesi�n o no aplicaci�n de la "Declaraci�n de los Derechos Humanos" se denomina el "dumping social", es decir, el saltarse las reglas nacionales por medio del trabajo peor pagado y menos tutelado en el extranjero. Este sucede en la medida en la que se desatienden completamente incluso las m�s elementales reglas en materia de tutela del trabajador.
No faltan ejemplos de Estados enteros como India Taiwan, Malasia y otros, que para sanear su deuda exterior y para fortalecer su econom�a, recurren a la explotaci�n del trabajo, obligando a los grupos sociales m�s d�biles como las mujeres y los ni�os a horarios de trabajo inhumanos, en condiciones de casi esclavitud.
En estos �ltimos a�os parece que se est� desarrollando la prespectiva de una sociedad permanentemente activa, que funciona 24 horas de las 24 y 365 d�as al a�o: los trabajadores se alternan en turnos en el �mbito de la estructura productiva, dando lugar a un sistema social sin diferencias temporales a lo largo del d�a, de la semana y del a�o.
Las razones de tal proyecto son m�ltiples y se mueven m�s por las de car�cter econ�mico, orientadas a permitir una explotaci�n m�s intensa de las instalaciones industriales, que por las de car�cter social que apuntan a conseguir una reducci�n del paro y a realizar una distribuci�n de las actividades m�s diluidas en el tiempo, que permita a los consumidores de los servicios un acceso m�s f�cil a los servicios mismos ya sean de car�cter comercial, cultural, recreativo, de naturaleza p�blica o de otro tipo.
Habr�a que preguntarse si existen obst�culos para la realizaci�n de semejante modelo de sociedad tan lejano a los ritmos naturales y por qu� no, de costumbres y tradiciones profundamente enraizadas en la persona. De aqu� surgen por lo menos tres clases de "obst�culos" que se pueden definir como las "fronteras de la noche", las "costumbres alimenticias" y el "fin de semana".
El obst�culo de la noche est� ligado indudablemente a los ritmos naturales y biol�gicos de la vida misma. �Ser�a justo llevar tales ritmos a las exigencias de la producci�n actual que, de noche gracias a los adelantos tecnol�gicos, se puede trabajar tambi�n?.
Segundo obst�culo: el de las "costumbres alimenticias". La comida del mediod�a representa, un elemento de la vida de relaci�n social, que se consume con tranquilidad, normalmente en familia.
Una actividad fren�tica, caracterizada por ritmos antinaturales, no permitir�a a los trabajadores respetar esta sana costumbre, a decir verdad, ya demasiado frecuentemente olvidada.
La tercera y �ltima frontera que hay que atravesar en la l�gica de actuaci�n de una sociedad permanente es la del "fin de semana". Se trata de un obst�culo cultural, profundamente enraizado en la conciencia y en la organizaci�n social. Al week-end se le han devuelto especialmente actividades de socializaci�n, de relaci�n afectiva, de distracci�n y de diversi�n. La alternancia de d�as laborables responde, efectivamente, a la exigencia de intercalar franjas temporales de actividad y de descanso en un arco de tiempo m�s largo que el del d�a. Si adem�s se recuerdan otras exigencias de la persona, es decir, las que est�n ligadas al derecho de la pr�ctica libre de una fe religiosa y de un culto, el "tiempo festivo" es tambi�n el t�pico de la "celebraci�n religiosa" y dedicado a ello, vivido a nivel personal y comunitario. En el pasado se han realizado dif�ciles y largas batallas para alcanzar estos objetivos; hoy, hay que esperar, que en honor a un dudoso progreso, no se den pasos atr�s.
La problem�tica que se impone es la de saber conciliar tiempos de trabajo y tiempos de descanso.
Por lo que se refiere a los tiempos de trabajo, se est� reflexionando sobre la posibilidad de disminuir el horario laboral en general. Esto tendr�a una doble ventaja: por una parte, hacer posible una distribuci�n del trabajo a favor de m�s personas, evitando un exceso para algunos y la reducci�n de la desocupaci�n para otros. Estas elecciones podr�an favorecer la realizaci�n de una pol�tica que tenga en cuenta una distribuci�n m�s justa de los recursos y de las rentas. A la posible disminuci�n de las rentas de algunos le corresponder�a la disponibilidad de renta para quien no tiene, o el aumento de la renta que no permite ni siquiera satisfacer las necesidades b�sicas. Se tratar�a, efectivamente, no de elevar los niveles de vida de franjas de poblaci�n, orient�ndose hacia una visi�n org�nica y descentrada de la organizaci�n social en la que la divisi�n del trabajo no sea una fuente de problemas y desequilibrios, sino un avace de relaciones de solidaridad.
La segunda ventaja se referir�a a la esfera privada de la persona, la que le permite manifestar su personalidad a trav�s de las numerosas funciones que recubre: la mayor disponibilidad de tiempo libre ir�a en ventaja de los momentos destinados al propio crecimiento humano, a las relaciones familiares e interpersonales, a la posibilidad de participar en la gesti�n de la "cosa p�blica", tanto a trav�s de los espacios de la pol�tica, como de los del asociacionismo. Participaci�n que expresa la democracia y el pluralismo de la sociedad.

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Diritti di Cittadinanze

Il libro prende atto dei mutamenti sistemici in corso nella realtà odierna e dei fenomeni sociali che trasformano di continuo le relazioni umane, incidendo sulle visioni antropologiche e ideologiche di società sempre più multietniche e multiculturali.
La scelta del tema evidenzia bene come siano molteplici le definizioni con cui si è andato connotando il termine di cittadinanza nell’evoluzione storica del dibattito giuridico-politico. Definizioni diverse tra loro a seconda dei principi e criteri con cui è riconosciuta ed attribuita ai cittadini da parte di uno stato. Significati diversi di cittadinanza messi in relazione con le strutture dei contesti societari, alla luce dei cambiamenti sociopolitici ed economici che essi vanno subendo e che incidono sulle stesse definizioni di società in una dinamica di reciprocità significante. 
La pubblicazione è rivolta in modo particolare ai Formatori.
Sono loro infatti a ad affrontare i temi della cittadinanza, dell’eguaglianza, della convivenza multietnica, nell’educazione formale e non formale.
 
Ultimo aggiornamento in
Pubblicazioni e Ricerche sulle Nazioni Unite in Italia
(venerdì 09 febbraio 2007)

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